jueves, 16 de junio de 2016

Hermann Hesse - “Demian” análisis

En esta maravillosa obra Herman Hesse construye la vida emocional de un personaje y describe el camino hacia el descubrimiento de su verdadero ser. El autor alemán, en la introducción al libro señala:

“He sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. Mi historia no es agradable, no es suave ni armoniosa como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí mismos…”
En esta historia se relata el camino que Emil Sinclair hubo de vivir para dejar de mentirse a sí mismo, e ir tras aquella verdad que consideraba célula de su interior. A este género literario se le ha llamado bildungsroman, lo cual, es un término alemán que se emplea para describir el proceso de aprendizaje, formación o madurez de un personaje, en el transcurso de años que forjan su carácter o visión del mundo, como por ejemplo durante la adolescencia. A través de sus personajes, Hesse logra plasmar la intuición de revelaciones arquetípicas, o más bien, porciones de realidades psíquicas, que fuera de él constituyen los guías de su camino.

Kromer, Demian, Pistorius y Eva representan imágenes de un ser eminentemente interior, que en su manifestación consciente comunican, dirigen y edifican lo que más tarde, constituirá, como lo dijera Jung a Hesse en su comentario a esta obra, el nacimiento y crecimiento de una nueva persona. El autor, en contacto con todo este caos que se le presenta en forma de opuestos, aparentemente no-integrables, inmerso en el desorden que para un ser racional esto puede significar, se ve pues, en la necesidad de escribir y establecer un diálogo interno, para así darle forma a lo que a primera vista no encuentra cabida en el mundo del sentido, y así, poder nombrarlo.

Demian y el enfoque jungniano

El primer capítulo llamado Dos Mundos, revela ya, el primer contacto de Sinclair con su realidad, una que se ve dividida por opuestos, y en la que él toma lugar en ambas partes. La naturaleza de estos dos mundos es excluyente, y por lo tanto, a pesar de pertenecer especialmente al mundo luminoso, se ve ya dividido, pues algo de él vive también en el otro lado.

“Yo pertenecía por supuesto al mundo luminoso y recto, era el hijo de mis padres; pero donde quiera que tendiese mi vista o mi oído, encontraba siempre lo otro, y yo mismo vivía también en aquel otro mundo, aunque muchas veces me pareciese extraño e inquietante y acabase siempre por infundirme miedo y enturbiar mi conciencia”

Es la aparición de Kromer, un niño que pertenece al otro mundo, la que marca el comienzo del proceso de crecimiento en el protagonista. Este personaje, a partir de una mentira de Sinclair, le induce a una serie de tareas que debe realizar a condición de no ser delatado. Estas tareas le introducen pues, a descubrir la parte suya que pertenece a ese mundo oscuro, que hasta entonces conocía tan solo superficialmente y le parecía ajena.

“Con el corazón helado tuve que presenciar cómo se convertía en pasado y se desligaba de mí todo mi universo, toda mi vida dichosa y buena, mientras me sentía sujeto ya al mundo tenebroso y desconocido (…). Por vez primera saboreé la muerte; la muerte que sabe amarga porque es nacimiento, porque es angustia y temor ante una terrible renovación”


Según Jung, el espíritu puede presentarse en la figura de un niño o jovencito. En los hombres puede ser positiva y tiene entonces el sentido de una personalidad “superior”, pero también puede ser negativa y significa, en este caso, la sombra infantil. No se puede afirmar con seguridad absoluta que las figuras de los espíritus sean moralmente buenas. Con frecuencia presentan signos no sólo de dualidad, sino de malignidad. Sin embargo, Jung insiste en que las bases generales, sobre las cuales se edifica la vida inconsciente de la psique, son tan poco firmes, que no podemos nunca saber cuánta maldad se necesita para atraer la bondad, ni cuánta bondad es capaz de inducir a la maldad.
Kromer, encarna pues, este arquetipo del espíritu, en su aspecto negativo, y a través de tareas, en las que Sinclair debe trabajar para él, hace que el niño empiece a dejar ir, dejar morir su mundo luminoso, porque es necesario para esta terrible renovación, de la que nuestro personaje, hasta el momento, poco conoce y de allí su carácter de terrible e incierto. Ante la fatalidad y la revelación de este mundo tenebroso, aparece un nuevo guía, un nuevo espíritu, también con aspecto juvenil, pero ahora, manifestando el aspecto positivo y superior del arquetipo que antes se había mencionado.
A través de la historia de Caín y Abel, Demian se presenta a Sinclair, con cuestionamientos nuevos de aquello que hasta entonces había representado una verdad incuestionable. Caín un hombre noble y Abel un cobarde. La marca de Caín una distinción, todo esto parecía no tener ningún sentido para el niño, sin embargo, reconocía cómo, él habiendo sido una especie de Abel, y ahora hundiéndose profundamente en “lo otro”, llevaba la señal en su frente. Su perversidad y desgracia le hacían sentir superior a su padre, quien ahora aparecía como un ser ingenuo, despreciable y exclusivo del mundo luminoso, lejos de él.


Con frecuencia, el arquetipo del espíritu, plantea preguntas, a fin de guiar hacia el conocimiento de sí mismo y al acopio de fuerzas morales; esto hacía Demian precisamente: poner en duda lo establecido como punto de partida para la iniciación.
El Arquetipo del Espíritu, proporciona los medios mágicos necesarios, es decir, la fuerza inesperada e inverosímil, capaz de conducir al éxito, que representa una característica especial de la personalidad unificada en el bien y en el mal. Y es así, de forma mágica, que Kromer deja de acechar a Sinclair por intervención de Demian, quien le asegura al niño que nunca le volverá a molestar. A partir de esto, Sinclair huye de todo este caos, e intenta refugiarse de nuevo en su mundo infantil, en el núcleo filial, huyendo también así, de aquello que le había salvado, pues de alguna forma también le empujaba al crecimiento, de nuevo a la renovación.


“Retorné al paraíso perdido; al luminoso mundo parental, (…) a la bondad de Abel, agradable a los ojos de Dios.” (…) Rescatado por una mano amiga, corrí ciegamente a refugiarme en el regazo de mi madre. (…) me hice más niño, más pueril y más dependiente de lo que era”

En este momento se presentaba ante Sinclair el conflicto entre los dos factores psíquicos fundamentales, por un lado, la conciencia que intenta defender su razón y protegerse, y por el otro, el inconsciente que lucha por fluir libremente y establecer su dominio. Su reflexión hace referencia a lo tenebroso e incierto del viaje hacia sí mismo, a su inconsciente, al caos, en donde los opuestos no tienen cabida, y en donde solo a través de un proceso de vida irracional se llega a rozar la armonía, expresada en símbolos definidos. Este ha sido pues, tan solo el inicio de un camino que trae consigo muchos más obstáculos.
La naturaleza primordial y ancestral del arquetipo del espíritu encarnado en Demian, es descrita por el autor como un rostro de un hombre, una mujer, milenario, ajeno al tiempo, más parecido a los animales, los árboles o las estrellas, en sus palabras, “…un espíritu…”
Las circunstancias separan a Sinclair de su guía, se ve envuelto en una profunda soledad, en donde se abandona a una vida banal envuelta de borracheras y fanfarronería. Sin embargo, es esta sensación de soledad la que trae consigo el desasosiego necesario para avanzar en esa búsqueda y experimentar esa transición definitiva, el adiós al núcleo parental. En este momento en que Sinclair enfrenta su soledad, enfrenta también los primeros destellos de una imagen femenina, que no posee forma determinada, y descubre que esta imagen femenina abarca incluso su propio ser.

“Me parecía como un ícono o una máscara sagrada, a medias masculina, y femenina a medias, sin edad, (…). Parecía conocerme desde siempre, como una madre.(…) Y poco a poco fue apoderándose de mí la sensación de que no era Beatrice, ni tampoco Demian a quien representaba, sino a mí mismo.”

El ánima es una personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre, tales como vagos pensamientos y estados de humor, sospechas proféticas, captación de lo irracional y relación con el inconsciente. En su manifestación individual, el carácter del ánima, adopta la forma de la madre. El ánima, como todos los arquetipos, presenta aspectos positivos y negativos. Hesse por su lado despliega más bien, la representación de un arquetipo del ánima que desempeña el papel de poner la mente del hombre a tono con los valores interiores y, por tanto, abrirle el camino hacia profundidades interiores más hondas. No es ninguna casualidad, que a este retrato pintado por Sinclair, se le llame Beatrice, quien en la Divina Comedia de Dante, hace de guía e iniciadora en el Paraíso.

A través de esta proyección del ánima, en esta figura, Hesse logra plasmar la función positiva del arquetipo. Toma en serio los sentimientos, esperanzas y fantasías enviadas por su ánima, y las fija, por escrito, o en pintura y de esta manera surge entonces el material inconsciente. La contemplación de esta imagen como un ser real conlleva a que el proceso de individuación se vaya haciendo paulatinamente la única realidad y puede desplegarse en su forma verdadera.
Más tarde, Sinclair reconocerá que el retrato que ha pintado es la imagen de la madre de Demian, a quien nunca había visto antes. Su encuentro con Eva, -nombre que hace alusión a la fecundidad, a la imagen cristiana de la madre de todas las criaturas- ilustra la función que esta imagen desempeña en la obra:

“Por primera vez se fundían para mí el mundo exterior y el interior en una pura armonía, fiesta del alma que hace amable la vida. (…) Su saludo significaba retorno al hogar.”

Este proceso de individuación se desarrolla paralelo a la realización de la conexión del ser humano con la colectividad. El proceso de llegar al sí mismo, implica una creciente conciencia del propio lugar en el mundo y del sentido de la existencia humana.


El último capítulo simboliza la renovación, el principio del fin. Un nuevo comienzo que inicia con la muerte, y que marca el camino hacia la vida, la individuación, paralela al nacimiento de un nuevo Mundo. Hesse reflexiona de nuevo acerca de la guerra, una guerra que por ser interna, devela la oscuridad en el afuera, y dispara en contra del enemigo, el de afuera, el distinto, que más bien resulta el blanco principal de nuestras proyecciones, porque tiene algo nuestro, algo nuestro que no podemos reconocer como propio.
El proceso continúa, tan solo se ha alcanzado el fin para volver a empezar. Esta vez, Sinclair conociendo que debe escuchar dentro de sí, pues Demian le ha dicho que al hacerlo, advertirá que su presencia ya no estará fuera sino dentro de él mismo. El sufrimiento no ha cesado, pero esta vez el camino no es en soledad, le acompaña él, su sí mismo.

“La cura me hizo daño. Todo lo que después me ha sucedido me ha hecho daño. Pero cuando alguna vez encuentro la llave y desciendo a mí mismo, allí en donde en un oscuro espejo, dormitan las imágenes del destino, me basta inclinarme sobre su negra superficie acerada para ver en él mi propia imagen, semejante ya en todo a él, a él, mi amigo y mi guía…”


Demian - 3 fragmentos:

Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría.
(...)
Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aún más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos. "
(...)
" Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía o creía saber, que una estrella no podría ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dió unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella.



Extraído de LiteITESM

viernes, 27 de mayo de 2016

Martin Heidegger


Hay un libro que, a causa de su influencia en el pensamiento contemporáneo y las pasiones contrarias que despierta su autor, destaca de entre los textos laberínticos y desasosegantes: Ser y tiempo, de Martin Heidegger (1889-1976).
Apareció en 1927, cuando su autor, con 37 años, gozaba de gran fama docente. Sus alumnos, obnubilados por su fuerza filosófica, lo apodaban “el rey secreto del pensamiento” y se creían iniciados en una sabiduría oculta, pues Heidegger ensayaba con ellos la búsqueda de un nuevo lenguaje de pensamiento.
Heidegger se preguntaba en su libro por “el ser de los entes”; sostenía que “la filosofía habla del ser sin saber lo que es”.
Sólo Parménides y Heráclito estuvieron cerca de la verdad del ser; más tarde, Platón, con sus ideas eternas, desvirtuó y enmascaró ese saber primigenio.
En suma, la metafísica olvidó el ser centrándose en el estudio de los entes.


La nueva filosofía tiene que buscar el ser, pero ¿dónde? “En el Dasein”, según Heidegger.
Este término, el más célebre de su jerga, quiere decir ser ahí o estar aquí; se refiere al existente, al ente que está y vive en este mundo y que es el único al que de verdad “le importa su ser”: el hombre. Es a éste a quien hay que interrogar por el ser.

El hombre es el ente autoconsciente y capacitado para formular la pregunta sobre el sentido del ser y asimilarla al mismo tiempo, no como los entes inertes “ante los ojos” (Como un árbol, una silla, objetos del mundo que no les interesa su existencia, a diferencia del hombre). Entonces, el ente con la” posibilidad de ser de preguntar “sobre los entes mismos es el “Dasein” o “ser-ahí”, por eso la realidad humana solo se comprende en estas dimensiones:” El hacer en forma expresa y de ver “a través de ella” la pregunta que interroga por el sentido del ser, pide el previo y adecuado análisis de un ente (ser-ahí) poniendo la mira en su ser”. Allí, el ser ahí está capacitado para responder una pregunta metafísica, con su única característica: el ser racional. En conclusión, el ser-ahí tiene la responsabilidad de responder y analizar la pregunta que compete a todos los entes.


Ser y tiempo se centró en el análisis fenomenológico de este Dasein desde cero: ¿cómo es este recipiente del ser? A grandes rasgos, lo que Heidegger descubrió fue que cada uno de nosotros, cada Dasein, habita en este mundo, rodeado de objetos y junto con los otros;
hemos sido arrojados a la existencia, estamos desamparados, sin dioses, junto al abismo de la nada y cara a la muerte, de ahí el famoso apotegma: - “El hombre es un ser para la muerte” -

La angustia nos coloca ante la nada y la muerte, haciendonos preguntas por el Ser, mejor dicho por el Dasein.
Nos atenazan la angustia y el miedo, pero nuestra vida es “cuidado” y podemos encararla desde la “autenticidad” o mantenernos en la “inautenticidad”.

 Para el vivir inauténtico, el presente se condensa en la rutina de la cotidianidad, mientras que el vivir autentico lo toma como anticipación de la posibilidad de la muerte. El que existe inautenticamente vive engañado, y se niega a aceptar su destino irremediable. El que vive verdaderamente, espera sin engaño su destino final. En conclusión, el ser-ahí es un ser-para-la-muerte.

Si el hombre o Dasein se deja seducir por la masa de los mediocres, será como “todo el mundo”, más si cobra conciencia de su finitud y vive con gallardía forjando su individualidad, será único y el dueño de su vida.
Son unas levísimas pinceladas, pero hasta dar con ellas en Ser y tiempo hay que pasar por un maratón: el libro es laberíntico.

Heidegger pasa de lo Nosológico a lo Existencialista (descartando las teorías del conocimiento)
Una entidad es lo que es (es decir: lo que está siendo) pragmáticamente; de esta forma, se nos «muestra» en un contexto de encaje práctico (Heidegger denomina a tal contexto «mundo»), no debido a que posea ciertas propiedades inherentes a la cosa en sí, sino por la intencionalidad que posee.
“Un martillo es un martillo no por la posesión de atributos de martillo, sino por ser usado para martillar.”


Su aproximación tiene implícita la tesis de que el conocimiento teorético no es la más fundamental y originaria relación entre el individuo humano y los entes del mundo que le rodea (incluyéndose a sí mismo).

“El hombre olvida al Ser, para consagrarse al dominio de los Entes”.

La sociedad de hoy ha olvidado lo trascendente para consagrarse al dominio de las cosas materiales.
La trascendencia constituye la individualidad; Mientras que el carácter poético del pensamiento permanece velado, cuando se carece de Dasein.



“EL SILENCIO ES EL RECOGIMIENTO DEL SER EN EL RETORNO A SU VERDAD”
(Martín Heidegger)

¿Por qué brillan más las estrellas en el silencio?
¿Acaso no es cierto que la noche se hace más clara y resplandeciente cuando la mente se queda quieta?
¿Te has preguntado por el Ser, por el crecer de la luz en el silencio?
¿Y por qué es que en el silencio logramos la intimidad de los astros, la admisión a su fuero secreto, la conversación que se extiende por toda la noche?
¿Por alguna ley extática, reminiscencia del vacío como fuente luminosa, seña originaria?
Silencio que cimbra el cielo de posibilidad, que excita a las mismas estrellas con su serenidad.
Silencio que ha callado todo tremor y abre el loto secreto de la estrella-toda la matriz de lo real es una perla.
En el silencio se revela el deseo de la luz, el deseo incontenible de la luz de aparecer.
De des ocultar el Ser.
Toda esta luminosidad, todo este derramarse del cielo en infinitos recipientes, en cuerpos hechos para amanecer.
Todavía están los montes oscuros, pero por encima de ellos —calladamente— crece la luz matinal. Allí y entonces. Espacio y tiempo. Montes y crecimiento silencioso.
Toda esta luminosidad que sólo se puede beber en silencio…
Pareciere que sólo en el silencio se percibe la realidad.
El mundo se transparenta, la forma se revela como (brillante) vacuidad: en la nada resplandece el Ser.
Haz del silencio tu único conocimiento; Y en el silencio conocerás la unidad de las estrellas y el pensamiento, el brillo que es el ser de todas las cosas.


“HEIDEGGER Y LOS JUDÍOS”

LOS CUADERNOS NEGROS:

La mitología del retorno a Grecia, que fue uno de los tópicos mayores del nacional-socialismo en Alemania, aparece, en Martin Heidegger ligada a la necesidad de depurar la «degeneración» espiritual del judaísmo: La cuestión concerniente al papel del judaísmo mundial no es racial -escribe Heidegger-, sino la cuestión metafísica referida a esa clase de humanidad que, careciendo sencillamente de vínculos, puede hacer del desarraigo de todos los «ENTES» respecto del «SER» la tarea que le es propia en la historia del mundo.
Desmenuzando el pensamiento Heideggeriano: “A LOS JUDÍOS SE LOS EXCLUYE DEL SER”.
El eje grecolatino, que da comienzo a una nueva historicidad, no puede por definición hacerle sitio al judío, el adversario, o mejor, el enemigo metafísico, que igual que ha mentido durante siglos, haciéndose pasar por lo que no es, disimula y oculta al Ser y, favoreciendo el predominio del ente, impide la transición, le impide al alemán acceder al camino por el que remontarse hasta el otro comienzo». Y la clave de «Ser y tiempo» sería ésta: «hacer frente al enemigo para decidir la historia del Ser. El enfrentamiento tiene dimensiones planetarias y profundidad ontológica. Si ‘la patria "Vaterland" es el Ser mismo’, no parece que el "Dasein” del judío tenga ya cabida en ella, ni siquiera provisional.
Las conclusiones finales son demoledoras. Tanto cuanto textualmente fundadas: El judío con el que Heidegger se encuentra en las alturas, en el camino de la historia del Ser, le estorba el paso, le impide alcanzar la fuente de la "Reinheit", de la pureza… A los ojos de quien piensa que la cuestión del Ser es la única cuestión auténtica para occidente, el lugar de los judíos empieza a hacerse incierto, inseguro y vacilante… Parece que ni siquiera para Heidegger haya un lugar para el judío. ¿Y qué lugar podría tener en la historia del Ser, contra la que tan de cerca conspira? Inexorablemente, el no lugar de los judíos se hace concreto. - (Extracto artículo de Donatella di Cesare)






miércoles, 27 de abril de 2016

CARL G. JUNG – El Ánima y el Animus, conceptos de Psique y Self



El Anima y el Animus:

El “alma” que se acumula en la conciencia del ego durante el opus tiene carácter femenino en el hombre y masculino en la mujer. El anima desea reconciliar y unir; el animus trata de discernir y discriminar.

 El anima es el arquetipo de la vida misma

Para Jung, el personaje conforma la cara exterior de la psiquis, dado que es el rostro que se muestra al mundo. A la cara interior del psiquismo la designa bajo los términos “ánima” (en el hombre) y “ánimus” (en la mujer). El ánima representa el lado femenino de la psiquis del varón; y el ánimus es la parte masculina de la psiquis femenina.

El hombre ha desarrollado su arquetipo ánima por la continua exposición a las mujeres durante muchas generaciones, y la mujer ha desarrollado su arquetipo ánimus por su exposición a los hombres. A través de la vida y la interacción uno con otro durante generaciones, cada sexo ha adquirido características del sexo opuesto que facilitan las respuestas adecuadas y la comprensión del sexo opuesto.” Se deduce de esto la importancia de estos arquetipos en las relaciones con el sexo opuesto.
Cada hombre lleva dentro de su psiquis una estampa de todas las impresiones producidas por la mujer a través de los siglos. Lo propio sucede con las mujeres y el ánimus. Dicha estampa, imagen o rastro es inconsciente, y tiende a ser proyectada hacia la persona amada. El ánima en el hombre y el ánimus en la mujer es una de las principales causas de la atracción apasionada o del rechazo exaltado.


Anima: aspecto femenino interno del hombre.
El anima es tanto un complejo personal como una imagen arquetípica de mujer en la psique masculina. Es un factor inconsciente encarnado en cada niño, y es responsable del mecanismo de proyección. Inicialmente identificada con la madre personal, el anima se vivencia más adelante no sólo en otras mujeres, sino como una penetrante influencia en la vida de un hombre.

En el hombre existe un imago no sólo de la madre sino de la hija, la hermana, la amada, la diosa celestial y la diosa infernal. Cada madre y cada amada está obligada a convertirse en portadora y encarnación de esta imagen omnipresente y eterna, que corresponde a la realidad más profunda de un hombre. A él le pertenece esta peligrosa imagen de Mujer; ella representa la lealtad, a la cual él debe a veces renunciar en beneficio de la vida; ella es la muy necesaria compensación por los riesgos, esfuerzos, sacrificios que terminan en desilusión; ella es el consuelo de todas las amarguras de la vida. Y, al mismo tiempo, es la gran ilusionista, la seductora, que lo arroja a la vida con su Maya. 
Y no sólo a los aspectos razonables y útiles de la vida, sino a sus terribles paradojas y ambivalencias donde el bien y el mal, el éxito y la ruina, la esperanza y la desesperación, se contrapesan entre sí.

Ya que ella constituye su mayor peligro, ella exige lo mejor del hombre, y si él lo posee, ella lo recibirá.
El anima se personifica en los sueños a través de imágenes de mujeres que van desde seductoras hasta guías espirituales. Se asocia con el principio de eros, de modo que el desarrollo del anima de un hombre se refleja en cómo se relaciona con las mujeres. Dentro de la propia psique, el anima funciona como su alma, influyendo en sus ideas, actitudes y emociones.
El anima no es el alma en el sentido dogmático, no es un anima rationalis, que es un concepto filosófico, sino un arquetipo natural que resume satisfactoriamente todas las afirmaciones del inconsciente, de la mente primitiva, de la historia del lenguaje y la religión.

Animus: aspecto masculino interno de la mujer.
Al igual que el anima del hombre, el animus es tanto un complejo personal como una imagen arquetípica.
La mujer es compensada con un elemento masculino, y, por lo tanto, su inconsciente tiene, como quien dice, un sello masculino. Esto resulta en una considerable diferencia psicológica entre el hombre y la mujer, y por consiguiente, he llamando animus, que significa mente o espíritu, al factor proyectivo en la mujer. El animus corresponde al Logos paterno, así como el anima corresponde al Eros materno.

El animus es el depósito, por así decirlo, de todas las experiencias ancestrales de hombre que tiene la mujer (y no sólo eso, también es un ser creador y procreador, no en sentido de la creatividad masculina, sino en cuanto a que genera lo que podríamos llamar… la palabra espermática.
Mientras el anima de un hombre funciona como su alma, el animus de la mujer se parece más a una mente inconsciente. Se manifiesta negativamente en ideas fijas, opiniones colectivas e inconscientes suposiciones a priori que reclaman ser verdades absolutas. En una mujer que se identifica con el animus (poseída por el animus), Eros generalmente está en segundo lugar con respecto a Logos.

Al igual que el anima, el animus tiene también un aspecto positivo.
A través de la figura del padre, expresa no sólo opiniones convencionales, sino también lo que llamamos “espíritu”, ideas filosóficas o religiosas en particular, o más bien la actitud resultante de ellas. Así, el animus es un psicopompo, un mediador entre lo consciente y lo inconsciente y la personificación de este último.

Extraído parcialmente de Daryl Sharp, Lexicon Junguiano



Estructura de la psique:

La teoría de Jung divide la psique en tres partes:

La primera es el Yo, el cual se identifica con la mente consciente. Relacionado cercanamente se encuentra el inconsciente personal, que incluye cualquier cosa que no esté presente en la consciencia, pero que no está exenta de estarlo.
El inconsciente personal sería como lo que las personas entienden por inconsciente. La diferencia estriba en que no contiene a los instintos, como Freud incluía. La tercer parte es  el inconsciente colectivo, que constituye la “herencia psíquica” de la Humanidad. 
Jung dice que existen ciertas experiencias que demuestran los efectos del inconsciente colectivo más claramente que otras. La experiencia de amor a primera vista, el déjà vu y el reconocimiento inmediato de ciertos símbolos y significados de algunos mitos, se pueden considerar como una  conjunción súbita de la realidad externa e interna del inconsciente colectivo.
Los contenidos del inconsciente colectivo son los llamados arquetipos.


La sincronicidad:

Sincronicidad es un término acuñado por el psiquiatra suizo C. G. Jung, quien lo concibió para describir la singular ocurrencia de dos o más acontecimientos de igual o similar significación, sin conexión causal posible. Este principio incluye necesariamente a un sujeto que perciba y experimente en forma consciente el significado común entre un hecho del mundo interno y uno o más del mundo subjetivo. La sincronicidad  se distingue así del mero sincronismo – ocurrencia simultánea de dos sucesos cualesquiera – y se opone abiertamente a la ley de causa y efecto.
Un ejemplo simple de sincronicidad sería el recordar repentinamente a un compañero de colegio del que no se ha sabido nada desde entonces; encontrarlo casualmente en la calle a las pocas horas o días, y simultáneamente leer en el diario una información referida a la profesora que enseñaba en ese curso.

El Self (Si-mismo):

El arquetipo más importante es el de self . El self es la unidad última de la personalidad y está simbolizado por el círculo, la cruz y las figuras mandalas que Jung halló en las pinturas.
Un mandala es un dibujo que se usa en meditación y se utiliza para desplazar el foco de atención hacia el centro de la imagen. Puede ser un trazo tan simple como una figura geométrica o tan complicado como un vitral.


La meta de la vida es lograr un self:  El self es un arquetipo que representa la trascendencia de todos los opuestos, de manera que cada aspecto de nuestra personalidad se expresa de forma equitativa. Por tanto, no somos ni masculinos ni femeninos; somos ambos; lo mismo para el Yo y la sombra, para el bien y el mal, para lo consciente y lo inconsciente, y también lo individual y lo colectivo.





En el centro de la figura del Mandala Kalachakra se encuentra el SEFT, el SI-MISMO; nuestro proceso de individuación.
Para Carl Jung el arquetipo más importante es el de self . El self es la unidad última de la personalidad y está simbolizado por el círculo, la cruz y las figuras mandalas que Jung halló en las pinturas.
Un mandala es un dibujo que se usa en meditación y se utiliza para desplazar el foco de atención hacia el centro de la imagen. Puede ser un trazo tan simple como una figura geométrica o tan complicada como un vitral.
La meta de la vida es lograr un self: El self es un arquetipo que representa la trascendencia de todos los opuestos, de manera que cada aspecto de nuestra personalidad se expresa de forma equitativa. Por tanto, no somos ni masculinos ni femeninos; somos ambos; lo mismo para el Yo y la sombra, para el bien y el mal, para lo consciente y lo inconsciente, y también lo individual y lo colectivo.

 Mandala Kalachakra:



Extraído parcialmente de Aquileana